Todo es cuestión de modas, y toda moda tiene su principio y final, si bien algunas duran milenios y uno puede ser testigo de su principio o de su fin, pero no de ambos. Y a mi generación le tocó vivir el final de una que parecía inmortal: el ritual del enterramiento. El desinterés espiritual de la que mi generación alardeaba y sobre todo, el cada vez más caro y precioso metro cuadrado de tierra gracias a la especulación, habían condenado a los enterramientos a una muerte rápidamente olvidada en una fosa común.
La incineración era ya la única forma de despedir a los muertos. Los cementerios se exhumaron, ardieron, se recalificaron y se convirtieron en solares para grandes edificios. Así las cosas, la típica imagen fantasiosa de un muerto levantándose de su tumba, arañando la tierra con sus manos podridas y alzándose boquiabierto y hambriento de carne humana, resultaba tan fantástica ahora, que ya no resultaba para nada atrayente. Al fin y al cabo, lo que precisamente nos atrae de las fantasías, es la posibilidad, aunque sea ínfima, de que se conviertan en realidad. Y los muertos vivientes, no conservaban ni esa remota posibilidad.
Las cenizas de los muertos formaban parte de las rocas, de los prados, de los árboles, del fondo marino, de las nubes, de las flores, de los intestinos de los animales, de nuestros pulmones. Motas de polvo que configuraban la naturaleza y todo lo que contenía… Comunión total con la naturaleza. Bucólica y bella metáfora real, ¿verdad? Podía haberlo sido. Pero el polvo de los muertos, tiene más de muerto que de polvo, y eso lo comprendimos demasiado tarde.
El polvo de los muertos tuvo hambre. Se desprendió de las rocas, de los prados, de los árboles, del fondo marino, de las nubes. Se alzó en el aire proveniente de todos los rincones del mundo y formó una especie de tornado o tormenta de arena, una tormenta de polvo antropófaga que recorre, y recorrerá, el mundo entero por siempre. También ocurrió lo mismo con el polvo que era ya parte del ser humano, anclado a sus pulmones, a la piel o a los intestinos. Pero antes de reunirse con el grueso del ciclón, estas motas devoraron por dentro y hacia fuera a sus huéspedes. Una licuación interna de carne y un estallido brutal de sangre como final apoteósico.
Los pocos que quedamos con vida nos dedicamos a huir. La meteorología es nuestra única arma. Predecimos su dirección y corremos en dirección contraría. Porque uno se puede esconder de un muerto viviente y crear sólidas defensas. Pero el polvo siempre vence. Quizá después de todo, los muertos no se enterraban como símbolo religioso, quizá, se trataba una forma de evitar que escaparan cuando volvieran a la vida. Encerrados en un ataúd de dura madera, con dos metros de tierra sobre ellos y una pesada losa de granito cerrando la entrada, el mundo hubiera estado más seguro. Benditos cementerios.
Autor: Jon .K. Sánchez