Filosofía Zombie

Cuando el ser humano habla de igualdad, me echaría a reír, si no fuese por el hecho de que estoy muerto. No existe la distinción entre mis semejantes, todos somos iguales, no amamos más a unos que a otros. Ni siquiera conocemos el amor. Jamás me he parado a admirar un rojizo ocaso, no he apreciado la belleza de la luna, ni sentido la soledad que transmite, acechante entre la densa capa de nubes. No sentiría ninguna emoción ni aunque escuchase la melodía más bella y envolvente jamás creada en el mundo. En efecto, carezco de cualquier sentimiento.

En nuestro mundo no existen las diferencias. Tratamos con igual aprecio a todo organismo viviente, sea hombre, mujer o vaca. No competimos para vivir, ni para morir. El único contacto es el físico, y únicamente sucede cuando nos agrupamos en torno a un cuerpo para alimentarnos de él. Nuestra convivencia, si es que se puede denominar así, es de lo más pacífica.

Es cierto que jamás seremos capaces de recordar la vida llena de sentimientos que albergó nuestro cuerpo algún día, y tampoco nos hace falta. Jamás comprenderemos el significado de una lágrima, ni sentiremos estallar de alegría cuando cambie a bien nuestra vida: porque nuestra vida no cambia nunca. La auténtica muerte solo llegará cuando alguien separe nuestra cabeza del tronco, o cuando destrocen de alguna forma nuestro cerebro. Pero hasta entonces, viviremos aislados, sin formar una sociedad. No crearemos grupos de miembros afines a una causa. No sentiremos la necesidad de ayudar, ni de ser amables. Somos la prueba muerta de la teoría evolutiva de Darwin: hemos suprimido toda capacidad u órgano que no sea necesario en nuestra no-vida, y los sentimientos, cuando estás muerto, sobran.

Pero no os creáis que estar vivo es mejor. Es, simplemente, diferente. Vosotros también os coméis los unos a los otros, y ni siquiera es un acto instintivo, sino premeditado. En la historia de la humanidad, el bienestar de unos pocos siempre ha pervivido a costa del sufrimiento de todo el resto. ¿A qué dantesca mente se le ocurriría tal forma de convivencia? Pues exactamente a las suficientes como para que la historia, en este sentido, no haya cambiado nunca.

¡Basta ya de jactarse de la fuerza y el poder! ¡Basta de honrar la tecnología como si fuese el dios todopoderoso! Tener la técnica no significa hacer buen uso de ella, y desde luego no te garantiza ningún tipo de justicia. En todo caso, puede propiciar desigualdades. ¿Es que no os dais cuenta? Os pasáis el día en el trabajo, o viendo la televisión en el sofá, con vuestro cerebro abierto de patas pidiendo a gritos que le follen a destajo. Y así día tras día, hasta que se completa la lobotomía. No saber es malo. Pero vosotros creéis saber, y eso es mucho peor. Así que no os confiéis, y no os ceguéis con vuestra capacidad de superar constantemente cualquier tipo de límite. Porque  aunque creáis ser los más poderosos del universo, más  incluso que la propia madre naturaleza, sabed que lo único que tenéis asegurado en vida es la muerte. Y ahí sí, ahí todos somos iguales.

Autor: Mikel Izagirre

 

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